Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas

jueves, 27 de junio de 2019

Amor posesivo


Por: Gerardo Lima Molina


Siempre luce implacable, tan elegante como una estatua de viejas eras. Pasan las estaciones y ella normal, saludable, erguida, con el mejor semblante del barrio. No hay nada que se le pueda achacar. Higiene, limpieza, porte, educación, belleza clásica, distinción… Nada le falta. En ella se percibe la delicada sonrisa de la vida calamitosa pero feliz: hay vitalidad a su alrededor; el sol resplandece como en la primavera más dulce y suave; las nubes se atiborran igual que un grupo de dóciles borregos esperando a ser trasquilados; nunca escasea el brebaje adecuado para saciar la sed, su sed. Más lo que cuento tiene un sesgo: yo la amo.
            Nació en el siglo pasado, eso afirma en su afán de guardar las apariencias. La verdad es que ella disfrutaba de su infancia en los últimos años del siglo XVIII. Sus padres eran colonos del norte, expulsados por sus creencias poco ortodoxas. Las ramas de su familia se extendieron por toda la Costa Este, desde Nueva York hasta Galveston y más al sur. Será cierto, pues sus huellas se han dejado sentir en tantas regiones que no es disparatado pensar en un familiar suyo perdido en, por ejemplo. Brasil.
            Ella, sin embargo, vive en la ciudad de P., en el centro de México. No puedo decir dónde con exactitud, porque pecaría de indiscreto. Algún avispado con seguridad la reconocerá o habrá escuchado hablar de ella. En fin, lo importante no son sus orígenes ni su lugar de descanso, sino su sustancia.
            Su aspecto exterior, ya lo he mencionado, es impoluto. Las aventuras de su alma relampaguean como si nunca hubieran conocido mancha. De su continente se pueden extraer altas dosis de belleza, y de asombro, de sublimidad, si es que tal palabra existe. Ella parece una señora de gran alcurnia habitando el cuerpo de una jovencita de dieciséis o diecisiete años; llena de vida; rebosante de sinuosidades excelsas, de secretos en su mirada y en su sonrisa. Ella es la perfecta criatura, y yo soy su perfecto adorador.
            Seré un hereje: ella es mi religión y, como adepto, sólo puedo cantarle himnos y alabanzas. Su naturaleza tiene tantas aristas que superan las  simples alturas. Yo no la enalteceré, sino que la honraré sabiendo lo que es: una creación delirante, impetuosa, magnífica y peligrosa. Me apena hablar de ella a sus espaldas, pero no soy capaz de soportar todo el tiempo la visión de su fachada.
            Sus habitaciones son con exactitud trece. Trece cuartos donde ha ocurrido tal cantidad de cosas que uno es afortunado por tan solo conocerla a ella, la casa, desde fuera. Ahí han residido, caminado y dormido personajes horripilantísimos, como para hacer perder el sueño hasta el más descreído y fuerte de los hombres. Asquerosidades de narices retorcidas, de gigantescas orejas, de rostros deformes y protuberancias abominables han alquilado, a lo largo de las décadas, las estancias de ésa, mi hermosa morada.
            He comenzado al revés, contando como es la parte superior antes de la inferior, porque la emoción me gana: arriba es donde han muerto más personas, donde ocurren las cosas más extrañas, y eso me excita, me pone tan nervioso que las rodillas me tiemblan y casi puedo sentir en el pantalón mis… emociones. Bien, continúo: en las habitaciones superiores ha dormido hombres y mujeres de malísima reputación: necrófagos, parricidas, madres que disfrutan ahorcando o violando a sus pequeños retoños, padres que han exterminado a su familia con una escopeta o con un set de cuchillos, vejetes pervertidos que dejaron veneno y ácido en dulces donados a un orfanato, médicos que inyectaron a pacientes con fórmulas mortales para apreciar el delicado gusto del sufrimiento de sus familiares. Exquisitas habitaciones para un público selecto, no hay duda.
            La planta baja la componen una elegante sala, el hall, una enorme cocina, un living y una biblioteca abarrotada de tomos forrados en piel negra, borgoña y de tonos marrones. En realidad, la estructura inferior forma parte de un complejo de cuartos de tortura y violación, aposentos dedicados al voyerismo violento y mórbido. En la cocina se ha preparado la carne de infantes, jovencitas y mancebos gordos; se desollaron pieles de niños suficientes como para llenar al casa con la mejor tapicería, ya fuera en las mamparas o en los sillones, de modo que lucieran en verdad antiguos y rebosantes de clases. Además, la sangre que escurrió por las coladeras de los baños fue tanta que permitiría creer en conversiones pluviales de tipo bíblicos: ríos de sangre.
            La casa, es lamentable, nunca ha tenido jardines. De haber contado con ellos estoy seguro que habría muchísimas cosas que añadir. Pero esta carencia ningún cuerpo salía de ahí: todos se iban como pulpa por tarja de la bañera después de haber recibido su apropiada dosis de ácido. Cabe aclarar que existe un sótano, pero no llama demasiado mi atención; eso se lo dejo a los fetichistas de las partes inferiores del cuerpo. Yo soy más aficionado al rostro y a la mente. Así que hablemos de sus torres y vitrales, y de su ático.
            La construcción, quizás no lo he dicho, es de estilo georgiano, y posee seis pares de ventanas en el frente y los costados, además de una puerta de roble rojo tallada con hermosos altorrelieves. A pesar de que los marcos de las ventanas siempre están pintados de blanco, la pintura de la fachada es de un negro mate, similar al gis o al carbón. Los aleros de la mansión sobresalen por la calidad artesanal de sus tejas y por su tono rojo cereza. Cinco tejados, como una estrella misteriosa de significados ancestrales, coronan la casa, dándole un aura magistral, casi gótica.
            Sus costados están impregnados con el espíritu de cinco brujas acusadas y quemadas después de un rápido juicio. Arriba, en el ático, semejantes a una esfera del inconsciente difícilmente accesible, se hallan los documentos secretos de los juicios por brujería; los instrumentos con que los asesinos hicieron su trabajo; la sangre aún lavada de cientos de heridas, y las impresiones psíquicas de incontables criatura, tan oscuras como asquerosas.
            En fin, ella es mi amada, mi objeto de adoración y estoy orgulloso de guardarle su debido respeto. Venero lo que debe ser venerado, y con ella me uno cada noche, porque esa es la única manera de servirle, de ser feliz. La tomo en el ático, donde desvelo las telarañas y sujetos los juguetes chirriantes haciéndolos crujir en la oscuridad; la tomo sobre las sábanas polvosas que cubren los muebles tapizados con piel humana. Me revuelco como un granuja asesinando arañas con mis fauces abiertas. Si soy un espectro, soy uno que vive en su amada. Por eso conozco sus historias, y las que desconozco las creo, rindiendo honor a la memoria de esta señorita georgiana de fachada oscura y siempre cuidada.
            He visto a otras criaturas acercarse, y es hora de que las reciba, es momento de empaparles las mandíbulas con la frialdad de mi cuerpo; embadurnarlos con mi aura, negra como el corazón desnudo de esta casa. Adoro, no puedo negarlo, esta relación simbiótica: gracias a ella vivo, soy, y ella, gracias a mí, sigue en pie, contando su historia a otros seres que le son semejantes.
            Hubo un tiempo en que fui exorcista. Éste fue uno de mis primeros encargos: debía extirpar a los demonios de los muebles, paredes, ventanales y tejas. Traté, en honor a mi viejo oficio, de cumplir con los mandatos de una Iglesia moribunda. Era dichoso en ese entonces, pues gozaba con el sufrimiento que los demonios provocaban en los débiles: siempre los expulsaba y luego los llevaba a los cuerpos de otros indefensos. Sin embargo aquí no pude. Ella me poseyó.
            Traté de ordenar los papeles de la casa, pero me denegaron una y otra vez propiedad. Nadie me impediría que viviera en este lugar, en ella. Así que empecé a habitarla. No me preocupaba que me descubrieran: nunca venían aquí; estaban aterrorizados.
            Traje mis cosas y fui descubriendo cada rincón exquisito de esta mansión. Me enamoré y al fin me difuminé en su carne. Han pasado tantos años y yo sigo con el mismo semblante viril. Fuerte, atractivo.
            Lo único que ha cambiado es mi profesión. Ya no quiero expulsar a ningún espíritu, pues soy feliz guiando a los incautos que se atreven a empujar estas puertas. Continuaré siendo su guardián hasta que otro como yo quiera visitarnos y terminar el exorcismo.

lunes, 27 de mayo de 2019

La caída de un ángel / A queda de um anjo - Afonso Cruz


Traducción de Pilar Obón y Martín López Vega




La luz es intensa aquí en el séptimo círculo. Me pongo el sombrero de paja con alas, con una cinta negra, que me proporcionaron a la entrada. Ahora veo mejor el paisaje, las tumbonas, los ángeles, a Dios, a los otros habitantes do la Eternidad. Nunca pensé que hubiera tumbonas en el Paraíso, un mueble tan amigo de uno de los pecados mortales. Me tapo los ojos a causa de la luz. Es demasiada, es mucha luz y debería haber un botón para bajarla, para dar penumbra, como cuando bajo las persianas en las tardes de agosto. Imaginaba el Paraíso con persianas. Espero que haya una noche para aliviar este día tan luminoso.
Las rejas parecen seguras, pintadas de azul, que va bien con el cielo. Pero tengo que reclamar. ¿Dónde está mi marido? Un ángel surge frente a mí, todo vestido de blanco. Casi alargo la mano para tocar su cara, tan joven, tan bonita, tan llena de luz. En vez de eso, se me sale una pregunta seca: ¿dónde está mi marido? El ángel no sabe que decir. Le digo que no me interesa que puedan haber descubierto que mi marido no era una buena persona, que no era alguien que pudiera venir al Cielo.
La verdad es que si yo voy al Paraíso, si lo merezco, tengo que tener (sic) a mi marido conmigo. ¿Qué rayos es esto de que pasamos la Eternidad separados de las personas que amamos? El ángel me dice que me calme, pero yo no puedo aceptar esto. Tienen mucha luz, pero se olvidan de quienes amamos. Mi marido podía ser malo, pero si amamos a las personas así, ¿qué debemos hacer? ¿Vivir eternamente sin ellas? ¿Qué porquería de paraíso es este? El ángel se encoge de hombros. Nunca pensé que los ángeles los encogieran; de hecho, nunca pensé que tuvieran hombros.
Se suceden las camas blancas. Me agrada la blancura, es señal de higiene. Hay un hombre que me mira y tiene bigote. Esta es otra cosa que no esperaba encontrar. ¿Para qué esos pelos? ¿Tendremos que cortarlos o permanecen siempre del mismo tamaño? Es difícil decirlo. Creo que todavía no ha pasado un día, ¿pero quién puede garantizar semejante cosa? El tiempo debe pasar de forma distinta por aquí. Quizás pasó una eternidad. El tiempo es muy relativo y yo sé muy bien lo que es eso. Tuve un tío que, cuando abría la boca para hablar, parecía que nunca más se callaría, parecía una eternidad. Hay una jarra encima de la mesa y varios ángeles. Les digo que si mi marido no está aquí, que si esto no lo es lo bastante bueno como para estar aquí, entonces prefiero ir al infierno. Por lo menos estaremos juntos. Me agarran y me llevan a un cuarto. Me sientan en la cama y me hablan con voz dulce. Hacen que me acueste, me traen un vaso de agua y, pasados unos minutos, me dan ganas de dormir. Despierto de noche (finalmente sí hay noches en el Paraíso) e intento encender un quinqué, pero solo da oscuridad. Tengo que llegar al infierno, pienso, tengo que llegar al infierno.


Estoy en el sexto círculo, y comencé mi viaje al Infierno. Comienzo a acordarme de cosas, recuerdos, idas a la playa. Cómo me gustaba ir a la playa, la arena, el sol derritiéndome el cuerpo. A mi marido no le gustaba. Se quedaba acostado en la toalla bebiendo cerveza y leyendo el periódico deportivo mientras yo caminaba hasta la orilla. Entonces – porque nunca aprendí a nadar, lo único que sabía era irme al fondo – me inclinaba, me sentaba en la arena para que las olas me mojaran el pecho, la cara, el cabello. Después me levantaba y veía todo borroso. Me frotaba los ojos con las manos, me ardían y se llenaban de arena, y me volteaba a ver si mi marido me miraba. Parecía que jamás lo hacía, pero nunca tuve la seguridad, pues a pesar de que él, cuando volteaba, estaba siempre mirando hacia cualquier otro lado, nada me garantiza que, cuando me volvía de espaldas para bañarme, él no me estuviera mirando. De hecho, tengo la seguridad de que me miraba. Probablemente disimulaba por vergüenza. Me acuerdo de mis dedos todos arrugados por estar en el agua, parecían ciruelas pasas, y a mí me gustaba mostrárselos a mi marido. Corría hacia él con las manos estiradas y le mostraba la punta de los dedos, todas arrugadas. Mi marido se encogía de hombros y me decía que lo dejara en paz. Tenía razón, pues siempre fui muy infantil. No es fácil ser una niña tan vieja como yo. Muchas veces quiero bailar y mis piernas solo tiemblan, no están de acuerdo con hacer lo que yo quiero y eso me pone triste. Insulto a mis piernas y les digo que están viejas y que ya no saben vivir la vida, por eso, para mostrarles cómo se puede ser feliz, bailo realmente, pero sin mover las piernas, solo balanceando los brazos. Y cuando los brazos también se cansan, bailo solo con la imaginación, y entonces doy saltos muy grandes y, en ese momento, nadie me regaña, ni siquiera mi marido, que sigue leyendo el periódico deportivo.


Tengo comezón en la espalda. Qué cosa extraña, pues ¿cómo se rasca la espalda? En el Paraíso no debería haber espalda si no la alcanzamos con las manos. Comienzo a tener demasiadas reclamaciones que hacer. Se comprende que el mundo no sea perfecto, pero un Paraíso así es inaceptable. Tal vez deba pedir a los ángeles que me rasquen la espalda, pero no veo ninguno. Dicen que los ángeles no tienen espalda, lo que tiene mucho sentido. Quizás yo tampoco tengo y la comezón que siento es como la de esos sujetos amputados, soldados y eso, que siguen sintiendo dolor en la pierna que les fue cortada para evitar que la gangrena se propagara. Es un infierno muy grande tener comezón en una zona del cuerpo que ya no tenemos. Es lo mismo que ir de compras sin llevar la cartera.
Pues sí, estoy segura de que no tengo espalda. Si alguien llegara a mí y me tocara, no me acertaría en el cuerpo, sino en el alma. Si me dieran una palmada en el hombro, me acertarían en el corazón. Todo es profundo, no hay cosas superficiales como escaparates y centros comerciales, a pesar de que veo el Palacio Pombal, lo cual es extraño, porque nunca había visto el Palacio Pombal en la vida. ¿Qué querrá Dios decirme con esto? Tal vez sea una especie de lección de Purgatorio: ¿ves lo que perdiste?
Cuando intento aclararme la garganta, comienzo a carraspear las palabras y me quedo ronca. Mis pies están helados. Debe ser solo una impresión. Es como si me hubiera quedado mucho tiempo en el baño, como cuando iba a la playa y mi marido fingía no mirarme. Siempre tengo mucho miedo de salir de la bañera, resbalarme y partirme la cabeza del fémur y tener que quedarme extendida en una cama para recuperarme, y quedarme meses así, sin siquiera poder estornudar, si no el hueso no se recupera. Y yo que soy alérgica, especialmente en primavera. El polen me obstruye la nariz. Qué cosa: no voy a poder recuperarme del hueso de la pierna por culpa de las flores. Paciencia, tampoco debo necesitarlo, debe haber una forma de volar. Había un poeta que decía que viajaba con la imaginación. Mi imaginación esta un poquito vieja, como si se hubiera quedado demasiado tiempo en el baño, pero creo que es capaz de hacer viajes cortos, volar de un pensamiento a otro.
Sí, la cabeza funciona bien. Paso por lugares de mi pasado con mucha rapidez, como si corriera en un campo verde. Veo a mi gato Van Gogh, que es muy peludo, y yo soy alérgica a los animales y no solo al polen, por eso no lo toco, pero paso la mirada sobre él, lo que tiene el mismo efecto que pasar las manos, y él ronronea y siente mi mirada como si fueran mis dedos. Me gusta mucho Van Gogh, que es un gato de piernas cortas y cola larga. Le falta una oreja por culpa de un perro. Caza ratones y palomas y a veces tenemos la terraza llena de plumas y de animales muertos. Es muy buen cazador y yo se lo digo, pues es muy triste cuando hacemos algo bien y nadie se da cuenta. Yo siempre fui buena recortando las palabras, pero mi madre y mi padre nunca lo notaron, y dijeron que yo tenía que aprender a cocinar y a ser una mujer y a ser trabajadora. Y fue lo que hice, pero era mejor con las palabras que con eso de ser mujer o cascar huevos. Rara vez salían de la cáscara con la yema entera. A veces mi marido me pedía huevos estrellados y yo cocinaba arroz con frijoles. Él se molestaba, pero era mejor así que reventar la yema.


La primera vez que mi marido y yo hicimos el amor fue en una casa rodante que él había comprado de segunda mano, toda blanca con gaviotas azules. No eran gaviotas verdaderas, eran calcomanías y no volaban, a pesar de tener las alas abiertas. La casa rodante tenía una mesa que hacía de sala y asientos azules y rojos. Mi marido —que cuando había comprado la casa rodante con las gaviotas azules todavía no era mi marido— me dio una bofetada porque yo no quería hacer unas cosas con la boca. Estuvo bien hecho, yo era muy burra, era como una niña y él era un hombre muy sabio y experimentado, que se había embarcado y visto el mundo. Fui mucho más mujer después de esa tarde. Soñé con flores que habían sido usadas en los cabellos de bailarinas y con vestidos largos por estrenar. Soñé con chicas descalzas que corrían dentro de sí mismas y desaparecían para siempre. En esa época soñaba muchas cosas y, en mis sueños, siempre había animales que corrían por las flores como si fueran abejas, y había sastres que morían de fiebre amarilla, y había arquitectos de pirámides egipcias que eran construidas con piedra de talco.
Una vez me vestí de blanco, como la casa rodante, y terminé por sudar el vestido, pues el blanco atrae muchas manchas. Fue el día en que me casé. El blanco también atrae maridos y las manchas son como los pájaros, revolotean a nuestro alrededor y se posan en la ropa limpia.
Frente a nuestra casa vivía un señor que se llamaba Persona, pero que tenía dificultad en ser solo una persona, qué sujeto inestable e indeciso, medio cubista —¡con tantas perspectivas!— y muchas veces, cuando mi madre lo saludaba, “¿cómo está, señor Persona?”, corregía a “Bernardo”. O usaba unas setenta —o trescientas cuarenta— variaciones de su identidad, entre las que estaba “Ricardo”. Decía que era poeta, ¿pero quién se llama Ricardo siendo poeta?
Desciendo rápidamente al Infierno. Puedo sentir el calor que me enciende las mejillas, toda la cara. Antes sabía la hora sin mirar el reloj, y nunca fallaba por más de uno o dos minutos.


Mi marido fue un hombre que, a cierta altura de su vida, comenzó a juntar años. En vez de vivir, los juntaba. Vivía mucho tiempo, pero sin tener noción de eso. Mi marido estaba tan viejo que ya no envejecía, solo se pudría. Yo lo quería mucho y no soy capaz de vivir eternamente sin tenerlo a mi lado eternamente.
Los dibujos se recortan con tijeras. El alma se recorta con palabras. Yo siempre lo hice muy bien,  es como cortar las uñas. Siempre fui muy buena en eso. Hay personas que saben jugar a los saltos muy bien y otras que saben mover el café con las dos manos – a veces con la izquierda, otras veces con la derecha – y otras que saben hacer cuentas y bailar al mismo tiempo. Yo soy buena en recortar palabras. Cada uno es para lo que nace y yo con las palabras soy como cortar las uñas, aunque se llegue a la carne.
Cuando era joven usaba sandalias y las uñas pintadas. Cuando somos jóvenes somos eternos y, en vez de envejecer, crecemos. Es después cuando comenzamos a envejecer en vez de crecer. Entonces dejamos de durar para siempre y comenzamos a ser abuelos y a que nos gusten las flores y a andar muy despacito y a tener dificultad para doblar la espalda. Lo que es una pena, pues como nos gustan más las flores, tenemos una gran tendencia de cortarlas y ponerlas en jarrones con agua encima de una cómoda y en la mesa de la sala. Todo queda muy perfumado, todo florido y lleno de colores. A las visitas les gusta mucho y lo elogian. Yo agradezco los elogios y digo: “Pero mire, señora Guzmán, le hace mal a la espalda”.
Como siempre fui buena en recortar cosas, participaba de las marchas populares. Iba toda llena de estrofas de melodías que picoteaba de la radio, Dios mío, qué bien bailaba yo, que eso también requiere saber usar la tijera, una persona no mueve las caderas como debe ser sin haber recortado los movimientos con exactitud. Yo movía el cuerpo a la izquierda, a la derecha, y las personas en la tribuna batían las manos unas contra las otras. Sabía mover a toda aquella gente. Caderas para la izquierda y para la derecha, como si fueran interruptores, y las personas aplaudían. ¿Por qué? Porque yo sabía recortar los movimientos adecuados. Y no es nada fácil recortar caderas en movimiento.


El cabello no se les cae solo a los hombres y a los árboles en el otoño, también se les cae a las mujeres, y yo ya no tengo mucho. Últimamente, cada vez que me veo al espejo puedo ver la curva de la cabeza.
Cuando me froto los ojos son muchos siglos de miradas que estoy frotando. Porque una persona no tiene solo su pasado, tiene también los pasados de todos sus familiares, de sus amigos, de las historias que leyó o que escuchó. ¿No es así? Cuando nos frotamos los ojos, frotamos muchos siglos.
Un día, mi marido despertó sin poder pronunciar palabra, solo la señal de ocupado del teléfono. Abría la boca y salía un sonido de máquina. Le di un beso y se le pasó, pero fue muy raro, y cuando lo extrañaba, cuando él estaba fuera muchos días, levantaba el auricular y esperaba hasta escuchar la señal de ocupado.
Yo solía decirle a mi marido que mis palabras llegaban hasta la carne. Le decía que era como cortar las uñas. Algunas veces señalaba algunas palabras que veía a mí alrededor. Él se enojaba mucho cuando yo hacía eso. Es que siempre pude ver y oír ciertas palabras que se quedan en las salas y en los cuartos de las casas. Entro en una habitación y escucho palabras antiguas que fueron pronunciadas hace un año o hace una semana o hace menos tiempo. Hay palabras que se dicen y que nunca más se borran.


Cuando era joven pensé que debía sustituir los finales por los recomienzos para no tener muchas cosas que enterrar. Después, cuando envejecí, pensé que tal vez debía pasar más tiempo enterrando cosas. Funciona con las dalias y con las margaritas. Enterramos semillas y aquello crece hacia el sol. Los cuerpos sin luz tienen deseos de exhibirse y de crecer más allá del cielo como si subieran escaleras. Enterramos las cosas y ellas crecen, aparecen, engordan, se ponen verdes. Es un buen ejercicio y fue algo que hice con frecuencia: enterrarme en el jardín. Mi marido detestaba que lo hiciera, pero eso me daba ganas de vivir y salía de la tierra como las dalias y las margaritas, llena de pétalos y llena de colores.  Me metía en blanco y negro y salía como si fuera la felicidad. Después pasaba mucho tiempo lavando la ropa y, tres veces, me llené de lombrices. Tuve que quitarlas con un periódico encendido y yo detesto quemar las noticias. Dicen que ya no son útiles, pero yo siento que son importantes y nos informan que nuestra vida está siempre andando hacia el abismo y que no hay nada que podamos hacer, más que seguir votando por las personas equivocadas, que para eso sirve la democracia, según he dado cuenta.
Estoy desnuda y me siento más joven. La proximidad al Infierno tiene efectos benéficos en la piel. Escucho ruido de automóviles y eso nos dice algo sobre…


Nota final – o PB
Mi prima, Ema de Jesús, se tiró por la ventana del hogar Paraíso – que ocupaba el séptimo piso de un edificio del centro –, adonde se había mudado hacía poco, después de la muerte de su marido. Todos sentimos algún alivio cuando él murió después de una enfermedad prolongada. Es un sentimiento triste, pero no hay que ser hipócrita a ese respecto.
Siempre oí decir que el tiempo es muy relativo. Recuerdo a un tío que, cuando abría la boca, parecía que nunca más se callaría, eran discursos que parecían durar eternidades y, así, espero que la caída de mi prima le haya permitido, tal como he oído decir que sucede en esas ocasiones, volver a ver toda su vida en segundos. O por lo menos recordar algunas de las cosas que le fueron más queridas. Creo que ochenta y dos años caben perfectamente dentro de una caída de siete pisos.
El hogar Paraíso fue objeto de un proceso judicial.

viernes, 19 de abril de 2019

La mácula

Por:
Rosa Beltran
State Of Mind

Un día sentí el llamado. Santa Clara lo sintió tras varios encuentros secretos con Francisco, Santa Bernardita luego de las apariciones de la Virgen, y el de San Lorenzo fue tan fuerte que durante su martirio exigía que lo tostaran más aún en su parrilla. Acababan de construir la parroquia de Santa María de los Apóstoles, en Periférico y Av. Pedregal (hoy Renato Leduc), a dos cuadras de mi casa. Tenía siete años cuando la inauguraron y recuerdo la ilusión con que los tlalpenses asistieron a la primera misa oficiada en esa iglesia de arquitectura desafiante. Mi madre era católica entonces, así que hicimos fila para saludar a monseñor Reynoso, el párroco. Por primera vez me enfrenté a una escena que no he olvidado: con asco y fascinación vi cómo algunos de los fieles formados frente a mí le besaban el anillo. Yo me limité a darle la mano. Tras aquella misa, regresé a mi casa sintiendo lo mismo que después de cualquier evento social: nada.

Pero unos días después percibí el llamado. Una furia demencial, incontrolable, me hizo escapar de mi casa, asistir a una misa y comulgar, para sentir a Dios en mi corazón. Había practicado con mis primas el acto de la comunión. En el jardín nos poníamos hojas secas en la boca y hacíamos el esfuerzo de no masticarlas durante un buen rato. Así que fue fácil comulgar, hincarme con devoción en mi sitio y esperar a que la hostia se derritiera.
Llegué a mi casa exultante, a contarle a mi mamá que había recibido a Dios. Mi madre se enfureció y me advirtió que eso cambiaba las cosas en la próxima celebración para la que mi hermana y yo nos preparábamos. Para ella, todo seguiría igual. En mi caso, no podría hacer la primera comunión de blanco, puesto que no era la primera.
Mi madre nos mandó hacer los vestidos con las hermanas solteras de una tía que siempre se vestían de negro y cuya casa, antigua, olía a humedad. Recuerdo que escogieron para mí una tela de colores de inspiración floral (y pagana); en el caso de mi hermana, harían una réplica idéntica al vestido de bodas de mi mamá.
El día de la primera comunión mi madre despertó a mi hermana mucho más temprano. La bañó, le acercó la ropa interior y la peinó de bucles con unos trozos de tela tomados de una sábana. Le aplicó un poco de su perfume, le puso el vestido y la dejó sentada e inmóvil, como una muñeca antigua. Yo me puse el vestido corto con la cinta que se anudaba por detrás, me senté junto a ella y quedé viendo mis zapatos. Ya en el convento, antes de la ceremonia, tras la que se servirían tamales y chocolate, mi hermana les dijo a las monjas que quería hacer pipí. Solícitas, dos de ellas la acompañaron y la mayor me hizo señas de que también debía ir yo. Recuerdo haber pensado que seguramente las monjas creían que yo era el paje, pues me dieron el misal y la vela de mi hermana para que los sostuviera. Ya en el excusado, al ver cómo una religiosa tomaba el vestido de un lado y la otra del otro mientras mi hermana se inclinaba a orinar sin tocar la taza, recuerdo que pensé: «Eso es una reina».
Poco más recuerdo de mi primera comunión. Hubo una misa, un desayuno, regalos para mi hermana, hubo estampas que se repartieron entre la concurrencia. Lamento haber perdido el misal con cubiertas de concha nácar, porque me gustaba mucho. Es difícil guardar ese tipo de objetos cuando, a muy pocos días de haber entrado, Dios se sale de tu corazón.

sábado, 23 de marzo de 2019

Un ovni aterriza en Kushiro




Por: Haruki Murakami
Traducción de: Lourdes Porta
Relato comprendido dentro del libro "Después del terremoto" (2000)

Sinopsis:
La magnitud del terremoto que en 1995 asoló la ciudad japonesa de Kobe, y que se cobró más de cinco mil vidas, movió a Haruki Murakami a dedicar a este terrible suceso seis impactantes historias que transcurren poco después de la tragedia. El protagonista omnisciente, y también el más conmovedor, es el propio seísmo, que, unas veces de manera sutil, otras de modo muy significativo, irrumpe en las vidas de aquellos que sobrevivieron al apocalipsis. Del dolor inconsolable de una nación aterrada Murakami ha sabido extraer muchas verdades sobre la naturaleza del sufrimiento humano.


Estuvo cinco días enteros sentada frente al televisor. En silencio, con los ojos clavados en las imágenes de hospitales y bancos derruidos, calles comerciales calcinadas por el fuego, líneas férreas, autopistas cortadas. Hundida en el sofá, con los labios apretados con fuerza, ni siquiera respondía cuando Komura le hablaba. Ni tan sólo afirmaba o negaba con un leve movimiento de cabeza. Él ni siquiera tenía claro si ella llegaba a percibir su voz.
Su esposa era de Yamagata y, que Komura supiese, no tenía ni familiares ni conocidos en los alrededores de Kobe. A pesar de ello, de la mañana a la noche, no se apartaba del televisor. No comía ni bebía, al menos en su presencia. Ni siquiera iba al lavabo. No hacía el menor movimiento, aparte del de cambiar de canal con el mando a distancia.
Komura se tostaba él mismo el pan, se tomaba el café y se iba al trabajo. De regreso, se la encontraba sentada frente al televisor en la misma postura en que la había dejado por la mañana. A él no le quedaba más remedio que improvisar una cena sencilla con lo que había en el refrigerador y tomársela solo. Cuando se iba a dormir, ella seguía con los ojos fijos en la pantalla del noticiario de la madrugada. Circundada por un muro de silencio. Al final, Komura desistió de dirigirle siquiera la palabra.
El quinto día, un domingo, cuando Komura volvió del trabajo a la hora acostumbrada, su esposa había desaparecido.
Komura trabajaba de comercial en un prestigioso establecimiento de Akihabara especializado en equipos de sonido. Vendía productos de alta gama y, a su sueldo, le sumaba una comisión por venta realizada. Su clientela la componían, en su mayor parte, médicos, empresarios acaudalados y provincianos ricos. Ya hacía casi ocho años que trabajaba allí y sus ingresos nunca habían sido bajos, ni siquiera al principio. Era una época de gran prosperidad económica, el precio del suelo subía y Japón entero rebosaba dinero. Parecía que todo el mundo tuviera la cartera repleta de billetes de diez mil yenes y unas ganas irrefrenables de gastárselos. Los artículos más caros eran los que primero se vendían.
Alto, esbelto, siempre bien vestido, muy sociable, Komura había salido, de soltero, con muchas mujeres. Sin embargo, tras casarse a los veintiséis años, sus ansias de búsqueda de emoción sexual habían desaparecido como por ensalmo, de un modo extraño. Durante los cinco años que llevaba de matrimonio no se había acostado con ninguna otra mujer. Y no es que le hubieran faltado oportunidades. Sólo que había perdido el interés en los romances pasajeros. Prefería volver temprano a casa, cenar tranquilamente con su esposa, charlar un rato en el sofá y, luego, irse a la cama y hacer el amor. Esto era cuanto deseaba.
Cuando Komura se casó, todos sus amigos y compañeros de trabajo -en mayor o menor grado, aunque sin excepción- habían sacudido la cabeza incrédulos. Frente a los rasgos clásicos y agraciados de Komura, su esposa mostraba unas facciones vulgares. Y no se trataba sólo de su fisonomía. Tampoco su carácter poseía ningún atractivo en particular. Era taciturna, con un aire siempre malhumorado. Corta de talla, los brazos gruesos, la expresión obtusa.
Sin embargo, Komura —aunque ni él mismo pudiese explicarse la razón—-, cuando se encontraba bajo el mismo techo que ella, sentía cómo sus tensiones desaparecían. Dormía apaciblemente por las noches. Ya no lo turbaban sueños extraños. Sus erecciones eran duras; sus relaciones sexuales, de una intimidad plena. Habían dejado de inquietarle la muerte, las enfermedades venéreas, la inconmensurabilidad del universo.
Su esposa, por el contrario, aborrecía la agobiante vida urbana de Tokio y quería regresar a Yamagata. Añoraba a sus padres y a sus dos hermanas mayores, y cuando el sentimiento de nostalgia se recrudecía, regresaba sola a su pueblo. Propietaria de un hotel tradicional japonés, su familia gozaba de gran desahogo económico y, como el padre idolatraba a su hija menor, le costeaba gustoso las escapadas. Para Komura no era una novedad volver del trabajo y encontrarse con que su mujer había desaparecido tras dejar una nota sobre la mesa de la cocina en la que anunciaba que había ido a visitar a sus padres y que volvería unos días después. Ante esto, Komura jamás había expresado una sola queja. Se había limitado a esperar en silencio el regreso de su esposa. Y una semana o diez días más tarde, ella siempre volvía, ya de mejor humor.
Sin embargo, esta vez, cinco días después del terremoto, Komura leía en la carta que ella había dejado al irse: «No volveré nunca más». Y explicaba de forma concisa, pero muy clara, por qué no quería seguir al lado de Komura: «El problema», decía su mujer, «es que en ti no hay nada que me llene. Hablando claro, dentro de ti no hay nada que pueda llenarme. Eres cariñoso, amable, guapo, pero vivir contigo es como vivir con una masa de aire. Ya sé que la culpa no es sólo tuya. Seguro que encontrarás a muchas otras mujeres. No me llames. Deshazte de todas mis cosas».
Curioso modo de hablar porque apenas había dejado nada atrás. Su ropa, sus zapatos, su paraguas, su tazón, su secador: todo había desaparecido. Lo habría enviado, todo a la vez, por un servicio de mensajería, o algo así, después de que él se hubiera ido a trabajar por la mañana. Los únicos objetos que habían quedado allí susceptibles de ser llamados «sus cosas» eran la bicicleta que usaba para ir a la compra y unos cuantos libros. De los estantes de cedés habían desaparecido casi todos los discos de los Beatles y de Bill Evans a pesar de que Komura los coleccionaba desde antes de casarse.
Al día siguiente, Komura telefoneó a casa de los padres de su mujer, en Yamagata. Contestó su suegra, le dijo que su hija no quería hablar con él. En el tono de la madre se traslucía, hacia Komura, cierto sentimiento de culpabilidad. Le dijo que le enviarían los papeles por correo, que él estampara su sello personal y los reenviara lo antes posible. Komura objetó que aquél no era un asunto que pudiera resolver «lo antes posible», se trataba de algo importante, necesitaba tiempo para reflexionar.
—Por más que reflexiones, nada va a cambiar -repuso la madre.
Komura se dijo que probablemente ella tuviera razón. Por más que esperara, por más que reflexionase, ya nada volvería a ser como antes. Él lo sabía muy bien.
Poco después de reenviar los papeles, ya sellados, Komura se tomó una semana de vacaciones pagadas. Su jefe ya sabía, más o menos, lo que había ocurrido, y además febrero era una época de poco trabajo, de modo que se la concedió sin poner objeciones. Parecía que el jefe tenía ganas de añadir algo, pero al final no lo hizo.
—Oye, Komura. Me han dicho que te tomas unos días de descanso. ¿Qué vas a hacer?
Durante la hora del almuerzo, Sasaki, un compañero de trabajo, se le había acercado y lo interrogaba.
—No lo sé.
Sasaki era unos tres años más joven, soltero. De baja estatura, pelo corto, llevaba gafas redondas con la montura dorada. Muy hablador y un poco arrogante, despertaba las antipatías de mucha gente, pero con Komura, de carácter más bien apacible, no se llevaba mal.
—Una ocasión así hay que aprovecharla. ¿Por qué no haces un viajecito tranquilo?
—Sí, quizás —dijo Komura.
Sasaki se limpió las lentes de las gafas con un pañuelo, luego clavó la mirada en el rostro de Komura, espiando su reacción.
—¿Has estado alguna vez en Hokkaido?
—Nunca respondió Komura.
—¿Y no te apetecería ir?
—¿Por qué?
Sasaki carraspeó, entrecerró los ojos.
—La verdad es que tengo que enviar un paquetito a Kushiro y se me ha ocurrido que podrías llevármelo tú. Si lo hicieras, me harías un gran favor y yo te pagaría muy a gusto el billete de avión de ida y vuelta. También me encargaría de encontrarte alojamiento.
—¿Un paquetito?
—De este tamaño —dijo Sasaki trazando con los dedos de ambas manos la figura de un cubo de unos diez centímetros—. Y apenas pesa.
—¿Algo del trabajo?
Sasaki negó con la cabeza.
—No, nada que ver. Es cien por cien algo personal. Sólo que tengo miedo de que lo manejen de cualquier manera y no quiero enviarlo por correo o por mensajero. Preferiría que lo llevara en mano algún conocido. Ya sé que podría encargarme yo mismo, pero no consigo encontrar un hueco para ir a Hokkaido.
—¿Es algo importante?
Sasaki curvó los labios cerrados y, acto seguido, afirmó con un movimiento de cabeza.
—Pero no es ningún objeto frágil, ni peligroso: nada con lo que tengas que andarte con cuidado. Basta con transportarlo sin más. Tampoco tendrás problemas con los rayos X de los controles del aeropuerto. No te ocasionará ninguna molestia. Eso de que no quiera enviarlo por correo, en realidad, es un capricho.
En Hokkaido, durante el mes de febrero, era previsible que hiciera un frío horroroso. Pero a Komura tanto le daba el frío como el calor.
—¿Y a quién tendría que entregárselo?
—Mi hermana pequeña vive allí.
Komura no había hecho planes para las vacaciones y, además, le daba pereza hacerlos, así que decidió aceptar el ofrecimiento. Nada le impedía ir a Hokkaido. Sasaki telefoneó inmediatamente a una compañía aérea y reservó un billete para Kushiro. Un billete para dos días después.
Al día siguiente, en el lugar de trabajo, Sasaki le entregó un objeto parecido a una pequeña caja de cenizas envuelta en papel marrón. A juzgar por el tacto, la caja era de madera. Tal como le había dicho, apenas pesaba. El envoltorio estaba precintado con una ancha cinta de celofán. Paquete en mano, Komura se lo quedó mirando unos instantes. A modo de prueba, lo sacudió suavemente, pero no se produjo reacción alguna, ningún sonido.
—Mi hermana irá a recogerte al aeropuerto. Ella se encargará del hotel —le dijo Sasaki—. Espérala junto a la puerta de desembarque con la cajita en la mano, en un lugar visible. Y no te preocupes. El aeropuerto no es muy grande.
Antes de salir de casa, Komura envolvió la caja que le habían confiado en una gruesa camisa que llevaba de muda y la colocó hacia el medio de la bolsa de viaje. El avión iba mucho más lleno de lo que había supuesto. Komura se preguntó con extrañeza qué diablos iba a hacer toda aquella gente a Kushiro en pleno invierno.
El periódico continuaba repleto de artículos sobre el terremoto. Tomó asiento y leyó, de cabo a rabo, la edición matutina. El número de víctimas mortales continuaba creciendo. El agua y la electricidad seguían cortadas en muchas zonas, la gente había perdido sus casas. Se iba revelando una tragedia tras otra. Pero a los ojos de Komura todos aquellos detalles eran extrañamente planos, carentes de profundidad. Su eco le parecía monocorde y lejano. Lo único en lo que podía centrar, mal que bien, la atención era en su esposa, y en lo rápido que se estaba alejando de él.
Komura reseguía maquinalmente con los ojos los artículos sobre el terremoto, pensaba de vez en cuando en su mujer, volvía a deslizar la mirada sobre algún artículo. Cuando se hubo cansado de pensar en su esposa y de ir persiguiendo los caracteres, cerró los ojos y se sumió en un breve sueño. Al despertar volvió a pensar en su mujer. ¿Por qué había estado siguiendo con tanta pasión, de la mañana a la noche, olvidándose incluso de comer y de beber, las noticias sobre el terremoto? ¿Qué diablos había visto en ellas?
Dos mujeres jóvenes, vestidas con abrigos de idéntico diseño y color, se acercaron a Komura en el aeropuerto. Una tenía la tez blanca, mediría alrededor de un metro setenta de estatura y llevaba el pelo corto. Entre su nariz y el labio superior se extendía una curiosa superficie que hacía pensar en un ungulado de pelo duro. La otra mediría un metro cincuenta y cinco y, dejando aparte que tenía la nariz demasiado pequeña, no era fea. Llevaba el pelo liso, largo hasta los hombros. Las orejas le quedaban al descubierto y, en el lóbulo de la derecha, tenía dos lunares. Como llevaba pendientes, éstos destacaban más de la cuenta. Ambas debían de rondar los veinticinco años. Las dos condujeron a Komura hasta la cafetería del aeropuerto.
—Me llamo Keiko Sasaki —dijo la más alta—. Y ésta es la señorita Shimao, una amiga mía.
—Mucho gusto -dijo Komura.
—Hola —dijo Shimao.
—Mi hermano me ha contado que su esposa ha fallecido recientemente —dijo Keiko Sasaki con expresión compungida.
—¡Oh, no! No está muerta rectificó Komura tras una breve pausa.
—¡Pero si ayer mi hermano me lo dijo claramente por teléfono! Que usted había perdido a su esposa.
—No, no. Sólo nos hemos separado. Por lo que sé, se encuentra de maravilla.
—¡Qué raro! Es imposible que haya entendido mal una cosa así.
Debido a la confusión, ponía cara de sentirse herida en lo más profundo. Komura se echó un poco de azúcar en el café y lo removió despacio con la cuchara. Tomó un sorbo. El café, aguado, era insípido; más que en esencia, parecía estar presente de manera simbólica, no real. «¿Pero qué diablos estoy haciendo aquí?», se preguntó Komura con extrañeza.
—Debo de haberlo entendido mal. Es la única explicación que se me ocurre —dijo Keiko Sasaki, reponiéndose. Respiró hondo, se mordisqueó los labios. Lo siento mucho. He sido terriblemente grosera.
—No se preocupe. Total, viene a ser lo mismo.
Mientras ellos hablaban, Shimao observaba a Komura en silencio, esbozando una sonrisa. Al parecer, había captado su simpatía. Él lo advirtió en la expresión de su rostro y en algunos pequeños gestos. El silencio cayó momentáneamente sobre los tres.
—¡En fin! Primero, lo más importante: el paquete dijo Komura. Descorrió la cremallera de la bolsa y, de entre los pliegues de una gruesa camisa de esquí, sacó el envoltorio que le habían confiado. «Pensándolo bien, se suponía que debía llevarlo en la mano», se acordó Komura. «Era la señal. ¿Cómo me habrán reconocido estas dos?»
Keiko Sasaki alargó ambos brazos por encima de la mesa, tomó el paquete y se lo quedó mirando con ojos inexpresivos. Luego lo sopesó y, tal como había hecho Komura, se lo llevó al oído y lo sacudió varias veces con suavidad. Dirigió una sonrisa a Komura para indicarle que todo estaba en regla y guardó la caja en un bolso grande.
—Tengo que hacer una llamada. Discúlpeme un momento —dijo Keiko.
—Por supuesto. Faltaría más. Adelante —repuso Komura.
Keiko se colgó el bolso al hombro y se encaminó hacia una cabina que se veía a lo lejos. Komura siguió con la mirada su figura de espaldas. La parte superior del cuerpo de la mujer permanecía fija y únicamente la inferior, de cintura para abajo, se iba desplazando con grandes y ágiles movimientos, como si fuera una máquina. Mientras observaba su modo de andar, Komura tuvo la extraña sensación de que una escena del pasado irrumpía de pronto, sin lógica alguna, en el presente.
—¿Es la primera vez que viene a Hokkaido?-le preguntó Shimao.
Komura movió la cabeza en ademán negativo.
—Está lejos, ¿verdad?
Komura asintió. Y miró a su alrededor.
—Aunque lo cierto es que no tengo la sensación de haberme ido tan lejos. Resulta extraño.
—Es culpa del avión. Va demasiado rápido -dijo Shimao-. El cuerpo se desplaza, pero la mente no puede seguirlo.
—Sí, tal vez.
—¿Y usted quería ir lejos?
—Es posible.
—¿Porque su mujer se ha marchado?
Komura asintió.
—Por muy lejos que uno vaya, jamás puede huir de sí mismo —dijo Shimao.
Komura, que estaba contemplando distraídamente el azucarero que había sobre la mesa, alzó la cabeza y clavó la mirada en el rostro de la mujer.
—Sí. Tienes razón. Por muy lejos que vayas, no puedes huir de ti mismo. Pasa igual que con la sombra. Te sigue a todas partes.
—Seguro que usted quería mucho a su esposa, ¿verdad?
Komura prefirió no responder.
—Eres amiga de Keiko Sasaki, ¿no?
—Sí. Somos compañeras.
—¿Compañeras de qué?
—¿Tiene hambre? -preguntó Shimao a modo de respuesta.
—No lo sé —dijo Komura—. Me da la sensación de que sí y, a la vez, de que no.
—Iremos a comer algo caliente los tres. Cuando haya tomado algo caliente, se sentirá mucho mejor.
Conducía Shimao. El coche era un Subaru pequeño de doble tracción. A juzgar por el estado del vehículo, ya debía de llevar más de doscientos mil kilómetros recorridos. El parachoques trasero tenía una gran abolladura. Keiko Sasaki ocupó el asiento del copiloto y Komura se sentó en el estrecho espacio posterior. Shimao no conducía especialmente mal, pero el asiento trasero rechinaba de manera atroz y la suspensión del coche estaba muy dañada. El cambio automático era brusco, el aire acondicionado funcionaba a rachas. A Komura, al cerrar los ojos, lo asaltó la ilusión de encontrarse metido en el bombo de una lavadora.
En las calles de Kushiro no había nieve acumulada. Sólo se veían restos helados, viejos y sucios como palabras obsoletas, esparcidos, aquí y allá, a ambos lados del camino. Las nubes pendían, bajas, y la oscuridad lo envolvía todo a pesar de que todavía faltaban unas horas para el crepúsculo. El viento cortaba las tinieblas con un silbido agudo. Apenas se veían transeúntes andando por la calle. El paisaje era el colmo de la desolación: incluso los semáforos parecían congelados.
—Ésta es una de las zonas de Hokkaido donde cuesta más que se amontone la nieve —explicó Keiko Sasaki en voz alta volviéndose hacia atrás—. Como está cerca del mar y el viento es muy fuerte, aunque la nieve cuaje se dispersa enseguida. Pero hace un frío que pela. Parece que se te vayan a caer las orejas.
—Si un borracho se duerme en la calle, muere por congelación —apuntó Shimao.
—¿Se ven osos por aquí? -preguntó Komura.
Keiko miró a Shimao y se rio.
—¿Has oído? Que si hay osos, dice.
Shimao soltó una risita.
—No conozco bien Hokkaido —dijo Komura a modo de disculpa.
—Hay una historia muy divertida sobre osos —aclaró Keiko—. ¿Verdad? —añadió dirigiéndose a Shimao.
—¡Divertidísima! -asintió ella.
Sin embargo, la conversación se interrumpió en este punto y la historia sobre los osos nunca llegó a empezar. Tampoco Komura preguntó nada al respecto. Pronto llegaron a su destino. Un gran establecimiento de fideos a pie de carretera. Dejaron el coche en el aparcamiento y entraron los tres juntos en el local. Komura se tomó una cerveza y comió unos ramen calientes. El restaurante estaba sucio, no había nadie, las mesas y las sillas se bamboleaban, pero el ramen era muy bueno y, después de tomarlo, Komura se sintió, realmente, mucho más relajado.
—¿Hay algo especial que quieras hacer en Hokkaido? —le preguntó Keiko Sasaki—. Mi hermano me ha dicho que te quedarás una semana.
Komura reflexionó unos instantes, pero no se le ocurrió nada que le apeteciera hacer.
—¿Te gustaría ir a los baños termales? Meterte dentro del agua caliente y relajarte. Aquí cerca hay unos baños rústicos, pequeños y muy agradables.
—No estaría mal —dijo Komura.
—Seguro que le gustarán. Son fantásticos. Y por allí no hay osos.
Ambas mujeres se miraron a la cara y soltaron una risita burlona.
—Oye, Komura, ¿puedo preguntarte algo sobre tu esposa? —dijo Keiko.
—Sí.
—¿Cuándo se marchó?
—Cinco días después del terremoto, o sea, hace ya dos semanas.
—¿Tiene algo que ver con el terremoto?
Komura sacudió la cabeza.
—No, no lo creo.
—Es posible que haya algún punto de conexión, ¿no? dijo Shimao ladeando ligeramente la cabeza.
—Sólo que tú no eres consciente de ello dijo Keiko.
—Sí, porque estas cosas pasan añadió Shimao.
—¿Y qué quieres decir con «estas cosas»? preguntó Komura.
—Muy sencillo -dijo Keiko—. Pues que a un conocido nuestro le pasó lo mismo.
—¿Te refieres al señor Saeki? preguntó Shimao.
—Sí —contestó Keiko—. Por aquí hay un señor que se llama Saeki. Vive en Kushiro. Tiene unos cuarenta años y es peluquero. Su esposa, el otoño pasado, vio un ovni. Conducía el coche sola, a medianoche, por las afueras de la ciudad, y vio cómo un gran platillo volante aterrizaba en medio del páramo. ¡Pum! Como en Encuentros en la tercera fase . Y una semana más tarde se fue de casa. No había habido ningún problema entre ellos, ¿sabes?, pero ella desapareció y nadie la ha vuelto a ver.
—Nunca más —dijo Shimao.
—¿Y el motivo es el ovni? —preguntó Komura.
—El motivo no se conoce. Pero ella se marchó un buen día, sin dejar ni siquiera una nota, después de llevar a sus dos niños al colegio —respondió Keiko—. Dicen que durante la semana anterior a su desaparición, daba igual con quién se encontrara, ella no hablaba más que del ovni. Charlaba y charlaba sin parar. De lo enorme, de lo bonito que era.
Ambas esperaron a que Komura asimilara bien la historia.
—A mí me dejaron una nota —dijo Komura—. Y yo no tengo hijos.
—¡Ah! Entonces tu caso no es tan terrible como el del señor Saeki —dijo Keiko.
—Sí. Que haya o no haya niños es vital añadió Shimao, afirmando con un movimiento de cabeza.
—El padre de Shimao se fue cuando ella tenía siete años —explicó Keiko frunciendo el entrecejo. Se fugó con la hermana pequeña de su mujer.
—Un día, sin más —dijo Shimao, risueña.
Cayó el silencio.
—Quizá la esposa del señor Saeki no se fue, sino que se la llevaron los extraterrestres añadió Komura para suavizar las cosas.
—Puede ser —dijo Shimao con cara seria—. Se oyen historias de esas a menudo.
—Claro que también es posible que la devorara un oso mientras iba andando por la calle dijo Keiko.
Las dos volvieron a echarse a reír.
Al salir del restaurante, los tres se dirigieron hacia un love-hotel cercano. En las afueras, había una calle donde los love-hotel alternaban con los comercios de fabricantes de lápidas mortuorias y, una vez allá, Shimao condujo el coche hacia uno de esos hoteles por horas. Era un edificio extraño que reproducía la forma de un castillo occidental. En la cúspide se enarbolaba una bandera triangular de color rojo.
Keiko recogió la llave en recepción, luego, los tres tomaron el ascensor y subieron a la habitación. Frente a la pequeñez de las ventanas, la cama era ridículamente grande. Komura se quitó el plumífero, lo colgó de una percha y, mientras iba al escusado a hacer sus necesidades, las dos mujeres, con gran eficiencia, hicieron correr el agua dentro de la bañera, regularon la intensidad de la luz, comprobaron el funcionamiento del aire acondicionado, encendieron el televisor, estudiaron el menú del servicio de habitaciones, probaron los interruptores del cabezal de la cama, atisbaron dentro del minibar.
—Este hotel lo lleva un conocido mío —dijo Keiko Sasaki—. Por eso te han dado la habitación más grande. Como ves, es un love-hotel , pero eso no importa. Porque te da lo mismo, ¿no?
Komura repuso que le era igual.
—Creo que es mucho más inteligente alojarse aquí que en una de las habitaciones pequeñas y pobretonas del business-hotel de delante de la estación.
—Sí, tal vez.
—La bañera ya está llena. ¿Por qué no te bañas?
Komura se metió en el baño, tal como le sugería. La bañera era tan desproporcionadamente grande que producía inseguridad bañarse en ella solo. Probablemente, todos los clientes se bañasen en pareja. Cuando salió del baño, Keiko Sasaki había desaparecido. Shimao estaba sola, viendo la televisión y tomándose una cerveza.
—Keiko se ha ido. Tenía un compromiso, dice que la disculpes. Y que vendrá a recogerte mañana por la mañana. Oye, ¿te importa que me quede un rato mientras me tomo la cerveza?
Komura dijo que le parecía bien.
—¿Seguro que no te molesto? ¿Que no prefieres estar solo? ¿Seguro que puedes relajarte estando con alguien?
Komura le dijo que no le molestaba. Se quedó un rato viendo un programa de la televisión con Shimao mientras se tomaba una cerveza y se iba secando el pelo con una toalla. Era un especial sobre el terremoto. Reproducía las mismas imágenes de siempre, una vez más. Edificios ladeados, autopistas derruidas, ancianas llorosas, confusión e ira que no iban dirigidos a nadie. Al llegar la hora de los anuncios, ella apagó el televisor con el mando a distancia.
—Ya que estamos juntos, podríamos hablar, ¿no te parece?
—De acuerdo.
—¿Y de qué?
—En el coche, vosotras dos habéis mencionado una historia de osos —dijo Komura—. Una historia sobre osos muy divertida.
—Sí. La historia de los osos —dijo ella afirmando con un movimiento de cabeza.
—¿Me la cuentas?
—Claro.
Shimao sacó otra cerveza de la nevera y llenó los dos vasos.
—Es una historia un poco verde. ¿No te molestará que te la cuente yo?
Komura sacudió la cabeza.
—Es que hay hombres a quienes les molesta.
—A mí no.
—Es algo que me pasó a mí, ¿sabes? Me da un poco de vergüenza contarlo.
—Si no te importa, me gustaría escuchar la historia.
—A mí no me importa. Si a ti no te molesta...
—No. A mí no.
—Sucedió hace unos tres años, en la época en que ingresé en la escuela universitaria. Yo salía con un chico. Un compañero de universidad, un año mayor que yo. El primer hombre con el que me acosté. Los dos habíamos ido de excursión. A unas montañas que hay hacia el norte, muy lejos. —Shimao tomó un sorbo de cerveza—. Era otoño y había muchos osos por la montaña. En otoño, los osos son muy peligrosos porque están haciendo acopio de alimento para la hibernación. A veces atacan a las personas. Tres días antes habían atacado a un excursionista y lo habían herido de gravedad. De modo que unos montañeros nos dieron un cascabel. Un cascabel del tamaño de una campanilla colgante. Nos habían dicho que lo hiciéramos sonar todo el rato mientras andábamos. Porque, así, los osos saben que hay hombres por los alrededores y no aparecen. Es que los osos no atacan a los seres humanos por gusto, ¿sabes? Los osos son omnívoros, pero se alimentan principalmente de vegetales. No les hace falta atacar a las personas. Si se topan de improviso con alguien en su territorio, se asustan, o se enfurecen, y entonces, en un acto reflejo, se abalanzan sobre él. Así que, si vas andando tocando el cascabel, ellos te evitan. ¿Entiendes?
—Entiendo.
—Total, que íbamos caminando por un sendero de la montaña con el tintineo del cascabel. Y allí, en un paraje desierto, él me suelta de repente que le habían entrado ganas de hacer aquello. A mí tampoco me pareció mala idea y le dije que vale. Nos apartamos del camino y nos metimos entre unos matorrales escondidos. Extendimos un plástico sobre el suelo. Pero yo tenía miedo de los osos. Imagínate. Tú estás haciendo el amor, te embiste un oso por la espalda y te mata. ¡Qué situación! ¿No? Debe de ser horrible morir de esa manera. ¿No te parece?
Komura asintió.
—Total, que sujetamos el cascabel con una mano y lo estuvimos agitando mientras hacíamos el amor. Desde el principio hasta el final, todo el rato. ¡Tilín, tilín!
—¿Y cuál de los dos lo tocaba?
—Lo hicimos por turno. Cuando a uno se le cansaba la mano, lo sustituía el otro, y cuando éste se cansaba, el otro volvía a tomar el relevo. Fue muy raro, ¿sabes? Eso de hacer el amor sin dejar de agitar el cascabel —dijo Shimao—. Todavía ahora, cuando estoy haciendo el amor, a veces me acuerdo de aquello y me troncho de risa.
También a Komura se le escapó una risita.
Shimao dio unas palmaditas, alborozada.
—¡Qué bien! Tú también sabes reír.
—¡Pues claro! —dijo Komura. Aunque, pensándolo bien, hacía mucho tiempo que no se reía. ¿Cuándo había sido la última vez?
—Oye, ¿te importa que tome un baño?
—No, no me importa.
Mientras ella estaba en el aseo, Komura se quedó mirando un programa de variedades que presentaba un actor cómico con un potente chorro de voz. No conseguía verle la gracia por ningún lado, pero Komura era incapaz de discernir si la culpa era del programa o suya. Bebió cerveza, abrió una bolsa de almendras del minibar y se las comió todas. Shimao pasó una considerable cantidad de tiempo en el baño, pero, al final, apareció envuelta sólo en una toalla y se sentó en la cama. Se desprendió de la toalla y se escurrió entre las sábanas como un gato. Luego miró de frente a Komura.
—Oye, Komura. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste cosas verdes con tu mujer?
—Me parece que fue a finales de diciembre.
—¿Y desde entonces nada?
—No.
—¿Ni con otra persona?
Komura asintió con los ojos cerrados.
—Lo que tú necesitas ahora es relajarte y disfrutar de la vida de una manera más abierta —dijo Shimao—. ¿No te parece? Piensa que mañana quizás haya un terremoto. O a lo mejor se te llevan los extraterrestres, o quizá te devora un oso. Nadie sabe lo que va a pasar.
—No, nadie lo sabe repitió Komura.
—¡Tilín! ¡Tilín! —dijo Shimao.
Tras varios intentos fallidos, Komura desistió de hacer el amor con ella. Era la primera vez que le sucedía.
—Estabas pensando en tu mujer, ¿verdad? —preguntó Shimao.
—Sí —respondió Komura. Pero, a decir verdad, lo que ocupaba su mente eran las escenas del terremoto. Como en una proyección de diapositivas, aparecía una, se borraba otra. Aparecía una, se borraba otra. Autopistas, llamas, humo, montañas de escombros, grietas en las calles. Él no podía cortar esta sucesión de imágenes mudas.
Shimao posó la oreja en el pecho desnudo de Komura.
—Estas cosas pasan —dijo.
—Sí.
—Mejor que no le des importancia.
—Intentaré no dársela dijo Komura.
—O sea, que se la das. Ya. Como todos los hombres.
Komura enmudeció.
Shimao pellizcó suavemente los pezones de Komura.
—Oye, Komura. Antes has dicho que tu esposa te dejó una nota al marcharse, ¿verdad?
—Eso he dicho.
—Y en esa nota, ¿qué ponía?
—Pues que vivir conmigo era como vivir con una masa de aire.
—¿Una masa de aire?  —Shimao ladeó la cabeza y alzó los ojos hacia el rostro de Komura—. ¿Y qué significa eso?
—Que no tengo contenido, supongo.
—¿No tienes contenido?
—Tal vez no. Pero no sabría explicarlo. Dice que no tengo contenido, pero ¿el contenido qué diablos es?
—Tienes razón. Si te paras a pensar, ¿qué diablos es el contenido? —dijo Shimao—. A mi madre le gustaba mucho la piel del salmón y siempre decía que ojalá los salmones tuvieran sólo piel. O sea, que en algunos casos es mejor que no haya contenido. ¿No te parece?
Un salmón compuesto sólo de piel. Komura intentó imaginárselo. Claro que, suponiendo que existiera un salmón compuesto únicamente de piel, ¿no pasaría a ser la piel, en sí misma, el contenido? Komura aspiró una gran bocanada de aire: la cabeza de la mujer se elevó de manera visible, luego descendió.
—¿Sabes? No sé si tienes contenido o no, pero pienso que eres muy simpático. Estoy segura de que encontrarás a muchas mujeres que te comprenderán y que se enamorarán de ti.
—También ponía eso.
—¿La nota de tu esposa?
—Sí.
—¡Ah! —dijo Shimao con tono de fastidio. Volvió a posar la oreja en el pecho de Komura. Él sintió el pendiente como un cuerpo extraño secreto.
—Por cierto, ¿y la caja que he traído? —dijo Komura—. ¿Qué contiene?
—¿Te preocupa?
—Hasta ahora no me ha importado. Pero es curioso: ahora, no sé por qué, me preocupa.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace un momento.
—¿De repente?
—Sí, en cuanto me ha venido a la cabeza. De repente.
—¿Por qué habrá empezado a preocuparte, así, de repente?
Con la vista clavada en el techo, Komura reflexionó unos segundos. «¿Por qué sería?»
Por unos instantes, ambos aguzaron el oído al ulular del viento. Venía de algún lugar que Komura ignoraba y pasaba de largo, rumbo a un lugar que Komura desconocía.
—La razón —susurró Shimao— es que lo que había dentro de la caja era tu contenido. Tú lo has traído hasta aquí sin saberlo y se lo has entregado, con tus propias manos, a Keiko. Y ya nunca más podrás recuperarlo.
Komura se incorporó, dejó caer la mirada sobre el rostro de la mujer. La pequeña nariz y los lunares. En el profundo silencio resonaban los fuertes y secos latidos de su corazón. Al doblar la espalda, sus huesos crujieron. Sólo duró un instante, pero Komura supo que estaba a punto de ser poseído por una violencia brutal.
—Era una broma —dijo Shimao al ver la expresión de su rostro—. He dicho lo primero que se me ha pasado por la cabeza. Ha sido una broma de mal gusto. Lo siento. No me hagas caso. No quería herirte.
Komura se serenó, barrió la habitación con los ojos y, luego, volvió a sepultar la cabeza en la almohada. Cerró los ojos, respiró hondo. La inmensidad de la cama lo rodeaba como el mar de la noche. Se oía el silbido de un viento gélido. Los furiosos latidos del corazón le sacudían los huesos.
—Oye, ¿ahora ya tienes un poco la sensación real de haberte ido lejos?
—Tengo la sensación de haberme ido lejísimos —dijo Komura con sinceridad.
Shimao trazaba con la yema del dedo un dibujo complicado, como un conjuro, sobre el pecho de Komura.
—Pues el viaje sólo acaba de empezar —dijo ella.