domingo, 9 de junio de 2019

Orwell, o la energía visionaria - Umberto Eco

Es junio y la novela 1984 de George Orwell cumple 70 años de haber sido publicada; uniéndonos a la conmemoración, les compartimos el prólogo que Umberto Eco escribió en 1984 para la primer edición italiana. 

El texto traducido en español se extrajo de 1984, primera edición de editorial Lumen.

Orwell, o la energía visionaria



Casi por casualidad Eric Arthur Blair decidió elegir, como nom de plume, el de George Orwell (tras haber descartado H. Lewis Allways, Kenneth Miles y P. S. Burton).  Casi por casualidad decidió titular su novela Nineteen Eighty-Four. Al parecer había estado considerando también 1980 y 1982, y se dice que finalmente el título surgió al invertir la fecha de 1948, año en que el escritor redactó la última versión de la novela. Orwell buscaba un futuro lo suficientemente lejano para poder situar en él una historia que hoy en día calificaríamos de ciencia ficción o, mejor aún, una utopía negativa, pero suficientemente cercano para que se cumplieran los temores que realmente le inquietaban, es decir, que antes o después realmente tuviese que suceder algo semejante.
            Pero por casual que fuera la elección de la fecha, también la casualidad, una vez que ha dado origen a un hecho, instaura una necesidad, de modo que una vez llegados al fatídico 1984, ya no podemos sustraernos a los fantasmas que esta fecha evoca. Forman parte de nuestro imaginario colectivo.
            El semanario Times, que en noviembre de 1983 dedicó a Orwell su portada, enumeraba en tono alarmado la enorme cantidad de congresos, seminarios, artículos, ensayos y documentales de televisión que se estaban acumulando en espera del fatídico 1 de enero. Anunciaba una nueva edición crítica de las obras de Orwell, la colocación de una escultura de cera en el Museo Tussaud, una decena de congresos en los que iban a participar desde fans de la ciencia ficción hasta el Instituto Smithsoniano y la Biblioteca del Congreso, la publicación de un Calendario 1984 destinado a documentar «la erosión de las libertades civiles en América» y terminaba temiendo la comercialización de camisetas del doblepensamiento y de una barbacoa a lo Hermano Mayor.
            Hoy sabemos lo que es la emoción de las celebraciones, y las modas no pueden sustraerse a la fascinación de centenarios, bodas de oro y conmemoraciones de difuntos. Pero si tanta locura rodea a este hecho que no sabríamos definir en términos de una celebración codificable (¿cumpleaños, nacimiento, vencimiento, cita?), no es por razones frívolas. El terrible libro de Orwell ha marcado nuestro tiempo, le ha proporcionado una imagen obsesiva, la amenaza de un milenio bastante cercano, y diciendo «vendrá un día…» nos ha implicado a todos en la espera de ese día, sin permitirnos tomar la distancia psicológica necesaria para preguntarnos si el 1984 no ha ocurrido hace ya tiempo.
            Ciertamente son muchos los que han leído este libro como la descripción de un presente, y en este caso como una sátira – así la definió en realidad Orwell, aunque se trata de una sátira sin alegría – del régimen soviético. Es más, en cuanto salió el libro suscitó reacciones opuestas, apasionadas y discordes, y todas más o menos miopes. Unos lo interpretaron como un providencial panfleto de apoyo a la guerra fría, otros como un libelo conservador (olvidando que Orwell se consideró socialista hasta el final), otros – por las mismas razones, pero de signo ideológico opuesto – consideraron a Orwell un lacayo del imperialismo, y hubo quien insistió en la honestidad de ese anarquista herido por la terrible experiencia sufrida como voluntario en la guerra de España, donde el grupo en el que militaba fue expulsado sin piedad por las formaciones comunistas. Así que este torbellino de pasiones ha impedido durante mucho tiempo leer este libro sine ira et studio, para decidir de qué hablaba realmente.
            Digamos también que el libro tiene muy poco – aunque ese poco es muy importante – de profético. Al menos las tres cuartas partes de lo que explica no es utopía negativa, es historia.
            El libro apareció  en 1949, y en aquella fecha no hacía falta tener espíritu profético (a lo sumo, y para un socialista convencido, coraje y lealtad intelectual) para hablar del Hermano Mayor y de su archienemigo, el heresiarca judío Goldstein. La lucha Stalin – Trotski, las grandes purgas, la enciclopedia soviética que reivindicaba para los científicos rusos los grandes descubrimientos científicos del siglo, la atribución al dictador de todas las gestas históricas que habían conducido al triunfo del régimen, incluso la corrección continua de la historia (uno de los hallazgos más populares y estremecedores de la novela): todo esto era ya crónica, aunque eliminada. Tampoco podemos olvidar que en 1940 ya había aparecido El cero y el infinito de Koestler.
            Pero Orwell no solo se estaba recuperando de su decepción como revolucionario y combatiente traicionado, sino que era un inglés que vivía el final de la Segunda Guerra Mundial y la victoria sobre el nazismo: muchas de las atrocidades que se celebran en Oceanía recuerdan costumbres y ritos nazis; piénsese en la pedagogía del odio, en el racismo que separa a los miembros del partido de los «proles», en los niños reunidos en una especie de Hitler-jugend y educados para espiar y para denunciar a sus padres, en el puritanismo de la raza elegida para la que el sexo es únicamente un instrumento eugenésico.
            Lo que hace Orwell no es tanto inventar un futuro posible pero increíble, como realizar una labor de collage sobre un pasado absolutamente creíble porque ya ha sido posible. E insinuar la sospecha (tal como sugiere que los regímenes de los tres superestados en guerra continua sean sustancialmente iguales) de que el monstruo de nuestro siglo es la dictadura totalitaria y que, con respecto al mecanismo fatal del totalitarismo, las diferencias ideológicas en el fondo cuentan muy poco. Así interpreta 1984, por ejemplo, Bertrand Russell.
            Esta es sin duda una de las buenas razones que han convertido el libro en un grito de alarma, una llamada de atención y una denuncia, y es también por esto por lo que el libro ha fascinado a decenas de millones de lectores en todo el mundo. Sin embargo, creo que hay otra razón, más profunda. Y es que a lo largo de casi cuatro décadas (las que nos separan de la publicación de 1984) se ha ido abriendo paso la impresión de que el libro, si bien por un lado hablaba de lo que ya había sucedido, por el otro, más que hablar de lo que podría suceder hablaba, de lo que estaba sucediendo.
 Tómese el indicador más evidente y luminoso: la televisión. Baird proyecta su primer televisor en 1926, las primeras transmisiones experimentales se realizan hacia 1935, en Inglaterra y en América se empieza a hablar de televisión no experimental después de la guerra; de modo que Orwell pone en escena algo que todavía no es un instrumento de masas pero que ya existe, y no está haciendo ciencia ficción. Que a través de los nuevos medios de comunicación se pudiese recibir adoctrinamiento no era una utopía negativa: la filosofía goebbelsiana de la radio como instrumento de propaganda y de control ideológico ya había sido ampliamente discutida; Adorno y Horkheimer comienzan la Dialéctica de la Ilustración en 1942; y de los prodigios tecnológicos como instrumentos de opresión ya había hablado (¡en 1932!) otro extraordinario libro, Un mundo feliz, de Huxley.
Pero lo que en Orwell resulta nuevo y profético no es la idea de que con la televisión podemos ver a personas distantes, sino la de que personas distantes pueden vernos a nosotros. Es la idea del control a través del circuito cerrado, que se pondría en práctica en las fábricas, en las cárceles, en los locales públicos, en los supermercados y en las comunidades fortificadas de la burguesía acomodada; es esta idea (a la que hoy ya estamos acostumbrados) la que Orwell agita con energía visionaria. Y a causa de esas ideas, que la historia ha ido confirmando día a día, los lectores han seguido interpretando 1984 como un libro sobre la actualidad, más que como un libro sobre futuribles. Orwell nos hizo narrativamente evidente lo que solo más tarde Foucault nos descubriría como la idea benthamiana del Panóptico, un centro penitenciario donde el que está encerrado puede ser observado sin poder observar. No obstante, Orwell sugiere anticipadamente algo más: la amenaza de que el mundo entero se convierte en un inmenso Panóptico.
Entonces descubrimos el alcance de la utopía negativa de Orwell y descubrimos por qué – y a muchos les había parecido puro pasotismo – el escritor nos recuerda que no hay diferencias entre el régimen de Oceanía, el de Eurasia y el de Estasia. La sátira de Orwell no solo va dirigida contra el nazismo y el comunismo soviético, sino contra la propia civilización burguesa de masas.
De hecho, ¿dónde se producirá una situación en que a la clase dirigente se le imponga un severo control de su moralidad sobre la base de criterios de eficiencia, mientras a la clase sometida, los «proles», se les deja amplia libertad de desenfreno, incluidos no sólo la libre expresión del sexo sino incluso su incentivo programado a través de la pornografía industrializada? No son los pobres del régimen soviético (opuestos a la Nomenklatura) los que pueden ver las películas porno: son los marginados de los países capitalistas – con la diferencia, ciertamente no secundaria, de que estos comen visten y beben mejor que los «proles» de Oceanía.
¿Y dónde se ha desarrollado el Newspeak, la nuevalengua, que reduce léxico y la sintaxis para reducir la riqueza de las ideas y de los sentimientos? Los países socialistas han desarrollado una lengua estándar de la ideología y de la propaganda, hecha de eslóganes y frases hechas, pero si bien esta lengua tiene la misma finalidad de la nuevalengua orwelliana, no posee una estructura gramatical. La nueva lengua se parece mucho más a la lengua de los concursos televisivos, de la prensa popular anglosajona y de la publicidad. Muchas de las palabras que Orwell presenta en el breve tratado de lingüística que figura modo de apéndice a su obra (aunque solo se lea en la adaptación del traductor pero, a primera vista, la impresión, mutatis mutandis, es la misma que se tiene con un simple cotejo con el original) parecen salidas de la publicidad televisiva, se asemejan a las palabras que dirigen diariamente al ama de casa y al niño los vendedores de felicidad con vales de regalo. Me pregunto qué diferencia hay entre palabras como infrío, dobleplusfrío, viejopensar y barrigasentir (nuevalengua), y «ilimitado»,  «dhulicioso», «chocobueno» o «refrescancia»…
  Y finalmente (gran idea de Goldstein), Orwell anticipó no sólo la división del mundo en zonas de influencia con alianzas cambiantes según los casos (¿con quién está hoy China?) – idea que ya se podía extraer de las crónicas de Yalta –, sino que vio realmente lo que está sucediendo hoy: que la guerra no es algo que estallará, sino algo que estalla todos los días, en áreas determinadas, sin que nadie piense en soluciones definitivas, de modo que los tres grandes grupos en conflicto puedan lanzarse advertencias, chantajes e invitaciones a la moderación. Ciertamente, muere gente, e incluso esas muertes se contabilizan, de modo que la guerra pasa de ser epidémica a endémica. Pero en último término tiene razón el Hermano Mayor, «la guerra es paz». La propaganda de Oceanía por una vez no miente: dice una verdad tan ultrajante que nadie consigue entenderla.
Orwell va mucho más allá de una simple sátira del estalinismo: de hecho, para él no es en absoluto necesario que el Hermano Mayor exista realmente. Sí era todavía necesario que Stalin existiese; Andropov, no, y (mientras escribo) algún diario insinúa que tal vez esté muerto, o postrado en una silla de ruedas; sin embargo, es completamente irrelevante que recobre la salud o que se celebren sus exequias en la plaza Roja. El problema es que al fin y al cabo también es irrelevante quién es el presidente de Estados Unidos o quién manda realmente en China (con independencia de las distintas técnicas que cada potencia elabora para obtener el consenso interno). Orwell intuyo que en el futuro-presente del que habla se despliega el poder de los grandes sistemas supranacionales y que la lógica del poder ya no es, como en tiempos de Napoleón, la lógica de un hombre. El hermano mayor sirve porque también es necesario tener un objeto de amor pero basta que sea una imagen televisiva.
Todo esto explica la fascinación que ejerce esta novela, aunque – y creo que en este momento se puede decir sin miedo a ser tachado de antiorwellianos – no se trata en absoluto de una obra maestra de la literatura. Su moralismo es más proclamado en voz alta que afirmado con los hechos, el estilo no supera al de una buena novela de acción y sin duda Le Carré, desde un punto de vista narrativo, lo haría hoy mejor. Todo en la obra, hasta sus páginas más fascinantes, nos recuerda algo ya visto, y piénsese, solo a modo de ejemplo, en Kafka. Las páginas dedicadas a la tortura, al sutil vínculo de amor que une al torturado y al torturador, ya las hemos leído en algún otro sitio, por lo menos en Sade. La idea de que la víctima de un proceso ideológico no solo ha de confesar sino que ha de arrepentirse, convencerse de su error y amar sinceramente a sus torturadores e identificarse con ellos (y que solo entonces vale la pena matarla), Orwell nos la presenta como si fuera nueva, pero no lo es: es una práctica constante de todas las inquisiciones que se respeten.
Sin embargo, en un determinado momento, la indignación y la energía visionaria dominan al autor y le hacen ir más allá de la «literatura», de modo que Orwell no escribe tan solo una obra narrativa, sino un cult book, un libro mítico.
Las páginas sobre la tortura de Winston Smith son terribles, tienen justamente una grandeza de culto, y la figura de su torturador nos corta la respiración, porque también lo hemos visto en algún otro sitio, aunque se ha disfrazado, y en cierto modo ya hemos participado en esta liturgia, y nos tememos que de repente el torturador se revele y aparezcan nuestro lado, o delante de nosotros y no sonrías con infinita ternura.
Y cuando Winston finalmente, apestando a ginebra, llora contemplando el rostro del Hermano Mayor, y lo ama sinceramente, nos preguntamos si también nosotros estamos amando (bajo cualquier imagen) nuestra Necesidad.
Aquí ya no estamos (solo) ante lo que habitualmente reconocemos como «literatura» e identificamos con la buena escritura. Aquí estamos, repito, ante energía visionaria.
Y no todas las visiones se refieren al futuro, o al Más Allá.

lunes, 27 de mayo de 2019

La caída de un ángel / A queda de um anjo - Afonso Cruz


Traducción de Pilar Obón y Martín López Vega




La luz es intensa aquí en el séptimo círculo. Me pongo el sombrero de paja con alas, con una cinta negra, que me proporcionaron a la entrada. Ahora veo mejor el paisaje, las tumbonas, los ángeles, a Dios, a los otros habitantes do la Eternidad. Nunca pensé que hubiera tumbonas en el Paraíso, un mueble tan amigo de uno de los pecados mortales. Me tapo los ojos a causa de la luz. Es demasiada, es mucha luz y debería haber un botón para bajarla, para dar penumbra, como cuando bajo las persianas en las tardes de agosto. Imaginaba el Paraíso con persianas. Espero que haya una noche para aliviar este día tan luminoso.
Las rejas parecen seguras, pintadas de azul, que va bien con el cielo. Pero tengo que reclamar. ¿Dónde está mi marido? Un ángel surge frente a mí, todo vestido de blanco. Casi alargo la mano para tocar su cara, tan joven, tan bonita, tan llena de luz. En vez de eso, se me sale una pregunta seca: ¿dónde está mi marido? El ángel no sabe que decir. Le digo que no me interesa que puedan haber descubierto que mi marido no era una buena persona, que no era alguien que pudiera venir al Cielo.
La verdad es que si yo voy al Paraíso, si lo merezco, tengo que tener (sic) a mi marido conmigo. ¿Qué rayos es esto de que pasamos la Eternidad separados de las personas que amamos? El ángel me dice que me calme, pero yo no puedo aceptar esto. Tienen mucha luz, pero se olvidan de quienes amamos. Mi marido podía ser malo, pero si amamos a las personas así, ¿qué debemos hacer? ¿Vivir eternamente sin ellas? ¿Qué porquería de paraíso es este? El ángel se encoge de hombros. Nunca pensé que los ángeles los encogieran; de hecho, nunca pensé que tuvieran hombros.
Se suceden las camas blancas. Me agrada la blancura, es señal de higiene. Hay un hombre que me mira y tiene bigote. Esta es otra cosa que no esperaba encontrar. ¿Para qué esos pelos? ¿Tendremos que cortarlos o permanecen siempre del mismo tamaño? Es difícil decirlo. Creo que todavía no ha pasado un día, ¿pero quién puede garantizar semejante cosa? El tiempo debe pasar de forma distinta por aquí. Quizás pasó una eternidad. El tiempo es muy relativo y yo sé muy bien lo que es eso. Tuve un tío que, cuando abría la boca para hablar, parecía que nunca más se callaría, parecía una eternidad. Hay una jarra encima de la mesa y varios ángeles. Les digo que si mi marido no está aquí, que si esto no lo es lo bastante bueno como para estar aquí, entonces prefiero ir al infierno. Por lo menos estaremos juntos. Me agarran y me llevan a un cuarto. Me sientan en la cama y me hablan con voz dulce. Hacen que me acueste, me traen un vaso de agua y, pasados unos minutos, me dan ganas de dormir. Despierto de noche (finalmente sí hay noches en el Paraíso) e intento encender un quinqué, pero solo da oscuridad. Tengo que llegar al infierno, pienso, tengo que llegar al infierno.


Estoy en el sexto círculo, y comencé mi viaje al Infierno. Comienzo a acordarme de cosas, recuerdos, idas a la playa. Cómo me gustaba ir a la playa, la arena, el sol derritiéndome el cuerpo. A mi marido no le gustaba. Se quedaba acostado en la toalla bebiendo cerveza y leyendo el periódico deportivo mientras yo caminaba hasta la orilla. Entonces – porque nunca aprendí a nadar, lo único que sabía era irme al fondo – me inclinaba, me sentaba en la arena para que las olas me mojaran el pecho, la cara, el cabello. Después me levantaba y veía todo borroso. Me frotaba los ojos con las manos, me ardían y se llenaban de arena, y me volteaba a ver si mi marido me miraba. Parecía que jamás lo hacía, pero nunca tuve la seguridad, pues a pesar de que él, cuando volteaba, estaba siempre mirando hacia cualquier otro lado, nada me garantiza que, cuando me volvía de espaldas para bañarme, él no me estuviera mirando. De hecho, tengo la seguridad de que me miraba. Probablemente disimulaba por vergüenza. Me acuerdo de mis dedos todos arrugados por estar en el agua, parecían ciruelas pasas, y a mí me gustaba mostrárselos a mi marido. Corría hacia él con las manos estiradas y le mostraba la punta de los dedos, todas arrugadas. Mi marido se encogía de hombros y me decía que lo dejara en paz. Tenía razón, pues siempre fui muy infantil. No es fácil ser una niña tan vieja como yo. Muchas veces quiero bailar y mis piernas solo tiemblan, no están de acuerdo con hacer lo que yo quiero y eso me pone triste. Insulto a mis piernas y les digo que están viejas y que ya no saben vivir la vida, por eso, para mostrarles cómo se puede ser feliz, bailo realmente, pero sin mover las piernas, solo balanceando los brazos. Y cuando los brazos también se cansan, bailo solo con la imaginación, y entonces doy saltos muy grandes y, en ese momento, nadie me regaña, ni siquiera mi marido, que sigue leyendo el periódico deportivo.


Tengo comezón en la espalda. Qué cosa extraña, pues ¿cómo se rasca la espalda? En el Paraíso no debería haber espalda si no la alcanzamos con las manos. Comienzo a tener demasiadas reclamaciones que hacer. Se comprende que el mundo no sea perfecto, pero un Paraíso así es inaceptable. Tal vez deba pedir a los ángeles que me rasquen la espalda, pero no veo ninguno. Dicen que los ángeles no tienen espalda, lo que tiene mucho sentido. Quizás yo tampoco tengo y la comezón que siento es como la de esos sujetos amputados, soldados y eso, que siguen sintiendo dolor en la pierna que les fue cortada para evitar que la gangrena se propagara. Es un infierno muy grande tener comezón en una zona del cuerpo que ya no tenemos. Es lo mismo que ir de compras sin llevar la cartera.
Pues sí, estoy segura de que no tengo espalda. Si alguien llegara a mí y me tocara, no me acertaría en el cuerpo, sino en el alma. Si me dieran una palmada en el hombro, me acertarían en el corazón. Todo es profundo, no hay cosas superficiales como escaparates y centros comerciales, a pesar de que veo el Palacio Pombal, lo cual es extraño, porque nunca había visto el Palacio Pombal en la vida. ¿Qué querrá Dios decirme con esto? Tal vez sea una especie de lección de Purgatorio: ¿ves lo que perdiste?
Cuando intento aclararme la garganta, comienzo a carraspear las palabras y me quedo ronca. Mis pies están helados. Debe ser solo una impresión. Es como si me hubiera quedado mucho tiempo en el baño, como cuando iba a la playa y mi marido fingía no mirarme. Siempre tengo mucho miedo de salir de la bañera, resbalarme y partirme la cabeza del fémur y tener que quedarme extendida en una cama para recuperarme, y quedarme meses así, sin siquiera poder estornudar, si no el hueso no se recupera. Y yo que soy alérgica, especialmente en primavera. El polen me obstruye la nariz. Qué cosa: no voy a poder recuperarme del hueso de la pierna por culpa de las flores. Paciencia, tampoco debo necesitarlo, debe haber una forma de volar. Había un poeta que decía que viajaba con la imaginación. Mi imaginación esta un poquito vieja, como si se hubiera quedado demasiado tiempo en el baño, pero creo que es capaz de hacer viajes cortos, volar de un pensamiento a otro.
Sí, la cabeza funciona bien. Paso por lugares de mi pasado con mucha rapidez, como si corriera en un campo verde. Veo a mi gato Van Gogh, que es muy peludo, y yo soy alérgica a los animales y no solo al polen, por eso no lo toco, pero paso la mirada sobre él, lo que tiene el mismo efecto que pasar las manos, y él ronronea y siente mi mirada como si fueran mis dedos. Me gusta mucho Van Gogh, que es un gato de piernas cortas y cola larga. Le falta una oreja por culpa de un perro. Caza ratones y palomas y a veces tenemos la terraza llena de plumas y de animales muertos. Es muy buen cazador y yo se lo digo, pues es muy triste cuando hacemos algo bien y nadie se da cuenta. Yo siempre fui buena recortando las palabras, pero mi madre y mi padre nunca lo notaron, y dijeron que yo tenía que aprender a cocinar y a ser una mujer y a ser trabajadora. Y fue lo que hice, pero era mejor con las palabras que con eso de ser mujer o cascar huevos. Rara vez salían de la cáscara con la yema entera. A veces mi marido me pedía huevos estrellados y yo cocinaba arroz con frijoles. Él se molestaba, pero era mejor así que reventar la yema.


La primera vez que mi marido y yo hicimos el amor fue en una casa rodante que él había comprado de segunda mano, toda blanca con gaviotas azules. No eran gaviotas verdaderas, eran calcomanías y no volaban, a pesar de tener las alas abiertas. La casa rodante tenía una mesa que hacía de sala y asientos azules y rojos. Mi marido —que cuando había comprado la casa rodante con las gaviotas azules todavía no era mi marido— me dio una bofetada porque yo no quería hacer unas cosas con la boca. Estuvo bien hecho, yo era muy burra, era como una niña y él era un hombre muy sabio y experimentado, que se había embarcado y visto el mundo. Fui mucho más mujer después de esa tarde. Soñé con flores que habían sido usadas en los cabellos de bailarinas y con vestidos largos por estrenar. Soñé con chicas descalzas que corrían dentro de sí mismas y desaparecían para siempre. En esa época soñaba muchas cosas y, en mis sueños, siempre había animales que corrían por las flores como si fueran abejas, y había sastres que morían de fiebre amarilla, y había arquitectos de pirámides egipcias que eran construidas con piedra de talco.
Una vez me vestí de blanco, como la casa rodante, y terminé por sudar el vestido, pues el blanco atrae muchas manchas. Fue el día en que me casé. El blanco también atrae maridos y las manchas son como los pájaros, revolotean a nuestro alrededor y se posan en la ropa limpia.
Frente a nuestra casa vivía un señor que se llamaba Persona, pero que tenía dificultad en ser solo una persona, qué sujeto inestable e indeciso, medio cubista —¡con tantas perspectivas!— y muchas veces, cuando mi madre lo saludaba, “¿cómo está, señor Persona?”, corregía a “Bernardo”. O usaba unas setenta —o trescientas cuarenta— variaciones de su identidad, entre las que estaba “Ricardo”. Decía que era poeta, ¿pero quién se llama Ricardo siendo poeta?
Desciendo rápidamente al Infierno. Puedo sentir el calor que me enciende las mejillas, toda la cara. Antes sabía la hora sin mirar el reloj, y nunca fallaba por más de uno o dos minutos.


Mi marido fue un hombre que, a cierta altura de su vida, comenzó a juntar años. En vez de vivir, los juntaba. Vivía mucho tiempo, pero sin tener noción de eso. Mi marido estaba tan viejo que ya no envejecía, solo se pudría. Yo lo quería mucho y no soy capaz de vivir eternamente sin tenerlo a mi lado eternamente.
Los dibujos se recortan con tijeras. El alma se recorta con palabras. Yo siempre lo hice muy bien,  es como cortar las uñas. Siempre fui muy buena en eso. Hay personas que saben jugar a los saltos muy bien y otras que saben mover el café con las dos manos – a veces con la izquierda, otras veces con la derecha – y otras que saben hacer cuentas y bailar al mismo tiempo. Yo soy buena en recortar palabras. Cada uno es para lo que nace y yo con las palabras soy como cortar las uñas, aunque se llegue a la carne.
Cuando era joven usaba sandalias y las uñas pintadas. Cuando somos jóvenes somos eternos y, en vez de envejecer, crecemos. Es después cuando comenzamos a envejecer en vez de crecer. Entonces dejamos de durar para siempre y comenzamos a ser abuelos y a que nos gusten las flores y a andar muy despacito y a tener dificultad para doblar la espalda. Lo que es una pena, pues como nos gustan más las flores, tenemos una gran tendencia de cortarlas y ponerlas en jarrones con agua encima de una cómoda y en la mesa de la sala. Todo queda muy perfumado, todo florido y lleno de colores. A las visitas les gusta mucho y lo elogian. Yo agradezco los elogios y digo: “Pero mire, señora Guzmán, le hace mal a la espalda”.
Como siempre fui buena en recortar cosas, participaba de las marchas populares. Iba toda llena de estrofas de melodías que picoteaba de la radio, Dios mío, qué bien bailaba yo, que eso también requiere saber usar la tijera, una persona no mueve las caderas como debe ser sin haber recortado los movimientos con exactitud. Yo movía el cuerpo a la izquierda, a la derecha, y las personas en la tribuna batían las manos unas contra las otras. Sabía mover a toda aquella gente. Caderas para la izquierda y para la derecha, como si fueran interruptores, y las personas aplaudían. ¿Por qué? Porque yo sabía recortar los movimientos adecuados. Y no es nada fácil recortar caderas en movimiento.


El cabello no se les cae solo a los hombres y a los árboles en el otoño, también se les cae a las mujeres, y yo ya no tengo mucho. Últimamente, cada vez que me veo al espejo puedo ver la curva de la cabeza.
Cuando me froto los ojos son muchos siglos de miradas que estoy frotando. Porque una persona no tiene solo su pasado, tiene también los pasados de todos sus familiares, de sus amigos, de las historias que leyó o que escuchó. ¿No es así? Cuando nos frotamos los ojos, frotamos muchos siglos.
Un día, mi marido despertó sin poder pronunciar palabra, solo la señal de ocupado del teléfono. Abría la boca y salía un sonido de máquina. Le di un beso y se le pasó, pero fue muy raro, y cuando lo extrañaba, cuando él estaba fuera muchos días, levantaba el auricular y esperaba hasta escuchar la señal de ocupado.
Yo solía decirle a mi marido que mis palabras llegaban hasta la carne. Le decía que era como cortar las uñas. Algunas veces señalaba algunas palabras que veía a mí alrededor. Él se enojaba mucho cuando yo hacía eso. Es que siempre pude ver y oír ciertas palabras que se quedan en las salas y en los cuartos de las casas. Entro en una habitación y escucho palabras antiguas que fueron pronunciadas hace un año o hace una semana o hace menos tiempo. Hay palabras que se dicen y que nunca más se borran.


Cuando era joven pensé que debía sustituir los finales por los recomienzos para no tener muchas cosas que enterrar. Después, cuando envejecí, pensé que tal vez debía pasar más tiempo enterrando cosas. Funciona con las dalias y con las margaritas. Enterramos semillas y aquello crece hacia el sol. Los cuerpos sin luz tienen deseos de exhibirse y de crecer más allá del cielo como si subieran escaleras. Enterramos las cosas y ellas crecen, aparecen, engordan, se ponen verdes. Es un buen ejercicio y fue algo que hice con frecuencia: enterrarme en el jardín. Mi marido detestaba que lo hiciera, pero eso me daba ganas de vivir y salía de la tierra como las dalias y las margaritas, llena de pétalos y llena de colores.  Me metía en blanco y negro y salía como si fuera la felicidad. Después pasaba mucho tiempo lavando la ropa y, tres veces, me llené de lombrices. Tuve que quitarlas con un periódico encendido y yo detesto quemar las noticias. Dicen que ya no son útiles, pero yo siento que son importantes y nos informan que nuestra vida está siempre andando hacia el abismo y que no hay nada que podamos hacer, más que seguir votando por las personas equivocadas, que para eso sirve la democracia, según he dado cuenta.
Estoy desnuda y me siento más joven. La proximidad al Infierno tiene efectos benéficos en la piel. Escucho ruido de automóviles y eso nos dice algo sobre…


Nota final – o PB
Mi prima, Ema de Jesús, se tiró por la ventana del hogar Paraíso – que ocupaba el séptimo piso de un edificio del centro –, adonde se había mudado hacía poco, después de la muerte de su marido. Todos sentimos algún alivio cuando él murió después de una enfermedad prolongada. Es un sentimiento triste, pero no hay que ser hipócrita a ese respecto.
Siempre oí decir que el tiempo es muy relativo. Recuerdo a un tío que, cuando abría la boca, parecía que nunca más se callaría, eran discursos que parecían durar eternidades y, así, espero que la caída de mi prima le haya permitido, tal como he oído decir que sucede en esas ocasiones, volver a ver toda su vida en segundos. O por lo menos recordar algunas de las cosas que le fueron más queridas. Creo que ochenta y dos años caben perfectamente dentro de una caída de siete pisos.
El hogar Paraíso fue objeto de un proceso judicial.

viernes, 19 de abril de 2019

La mácula

Por:
Rosa Beltran
State Of Mind

Un día sentí el llamado. Santa Clara lo sintió tras varios encuentros secretos con Francisco, Santa Bernardita luego de las apariciones de la Virgen, y el de San Lorenzo fue tan fuerte que durante su martirio exigía que lo tostaran más aún en su parrilla. Acababan de construir la parroquia de Santa María de los Apóstoles, en Periférico y Av. Pedregal (hoy Renato Leduc), a dos cuadras de mi casa. Tenía siete años cuando la inauguraron y recuerdo la ilusión con que los tlalpenses asistieron a la primera misa oficiada en esa iglesia de arquitectura desafiante. Mi madre era católica entonces, así que hicimos fila para saludar a monseñor Reynoso, el párroco. Por primera vez me enfrenté a una escena que no he olvidado: con asco y fascinación vi cómo algunos de los fieles formados frente a mí le besaban el anillo. Yo me limité a darle la mano. Tras aquella misa, regresé a mi casa sintiendo lo mismo que después de cualquier evento social: nada.

Pero unos días después percibí el llamado. Una furia demencial, incontrolable, me hizo escapar de mi casa, asistir a una misa y comulgar, para sentir a Dios en mi corazón. Había practicado con mis primas el acto de la comunión. En el jardín nos poníamos hojas secas en la boca y hacíamos el esfuerzo de no masticarlas durante un buen rato. Así que fue fácil comulgar, hincarme con devoción en mi sitio y esperar a que la hostia se derritiera.
Llegué a mi casa exultante, a contarle a mi mamá que había recibido a Dios. Mi madre se enfureció y me advirtió que eso cambiaba las cosas en la próxima celebración para la que mi hermana y yo nos preparábamos. Para ella, todo seguiría igual. En mi caso, no podría hacer la primera comunión de blanco, puesto que no era la primera.
Mi madre nos mandó hacer los vestidos con las hermanas solteras de una tía que siempre se vestían de negro y cuya casa, antigua, olía a humedad. Recuerdo que escogieron para mí una tela de colores de inspiración floral (y pagana); en el caso de mi hermana, harían una réplica idéntica al vestido de bodas de mi mamá.
El día de la primera comunión mi madre despertó a mi hermana mucho más temprano. La bañó, le acercó la ropa interior y la peinó de bucles con unos trozos de tela tomados de una sábana. Le aplicó un poco de su perfume, le puso el vestido y la dejó sentada e inmóvil, como una muñeca antigua. Yo me puse el vestido corto con la cinta que se anudaba por detrás, me senté junto a ella y quedé viendo mis zapatos. Ya en el convento, antes de la ceremonia, tras la que se servirían tamales y chocolate, mi hermana les dijo a las monjas que quería hacer pipí. Solícitas, dos de ellas la acompañaron y la mayor me hizo señas de que también debía ir yo. Recuerdo haber pensado que seguramente las monjas creían que yo era el paje, pues me dieron el misal y la vela de mi hermana para que los sostuviera. Ya en el excusado, al ver cómo una religiosa tomaba el vestido de un lado y la otra del otro mientras mi hermana se inclinaba a orinar sin tocar la taza, recuerdo que pensé: «Eso es una reina».
Poco más recuerdo de mi primera comunión. Hubo una misa, un desayuno, regalos para mi hermana, hubo estampas que se repartieron entre la concurrencia. Lamento haber perdido el misal con cubiertas de concha nácar, porque me gustaba mucho. Es difícil guardar ese tipo de objetos cuando, a muy pocos días de haber entrado, Dios se sale de tu corazón.

miércoles, 17 de abril de 2019

Paréntesis Musical 3 - Saudade


Para el mes de abril hemos preparado una lista con canciones de fado portugués, con interpretes clásicos y contemporáneos como Amália Rodrigues, Mariza, Cuca Roseta, Pedro Moutinho, Madredeus entre muchos otros.

¡¡¡Dusfrútenla desde Spotify!!!