lunes, 13 de enero de 2014

La mesa verde

El sol como un gran animal demasiado amarillo. Es una suerte que nadie me ayude. Nada más peligroso, cuando se necesita ayuda, que recibir ayuda.



Me rememoro al sol de la infancia, infusa de muerte, de vida

hermosa.



Pero a mi noche no la mata ningún sol.



La errancia, la canción de nosotros dos, tiemblo como en una metáfora el alma comparada con una candela.



Y nada será tuyo salvo un ir hacia donde no hay dónde.



He aquí que se estremece el espacio como un gran loco.



Alguien demora en el jardín el paso del tiempo.



Me alimento de música y de agua negra. Soy tu niña calcinada por un sueño implacable.



Máscaras de la noche en qué lugar perdido que nadie más que yo conoce.



¿Tendré tiempo para hacerme una máscara cuando emerja de la sombra?



Invitada a ir nada más que hasta el fondo.



Me pruebo en el lenguaje que compruebo el peso de mis muertos.



El mar esconde sus muertos. Porque lo de abajo tiene que quedar abajo.



Para mejor ser el que fue, ha querellado con su nueva sombra, ha luchado contra lo opaco.

(ALEJANDRA  PIZARNIK / 17-IX-72)

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